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 19 de febrero de 2007

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La maldición del fuego bacteriano en La Cepeda

  Fuente: Diario de León 
FirmaRicardo Magaz

LA COMARCA de La Cepeda, formada por cuarenta y cuatro pueblos que sustentan cinco ayuntamientos: Villamejil, Quintana del Castillo, Magaz de Cepeda, Villagatón y Villaobispo de Otero, padece una suerte de fatalismo atávico que sobrevuela una y otra vez el concejo de hogares cepedano como ave carroñera en busca de presa.

En esta ocasión no ha sido la peste, ni el latifundismo de los monjes guerreros asentados en la cima del Cueto de San Bartolo, ni los marquesados tiránicos del medievo, ni el bocio-raquitismo de la penuria, ni el éxodo demográfico de mediados del siglo XX, ni la posterior despoblación, ni la economía de subsistencia, ni la actual desidia caníbal de la vecindad septuagenaria (el ochenta y dos por ciento de los habitantes) sumergidos en el pesimismo, la rendición sin condiciones y el desinterés hacia las nuevas y menguadas generaciones, cuyo único legado posible es un billete de huida en el coche de línea de la diáspora. Ahora es otra desdicha de nueva patente la que se cierne por los pagos de las antiguas tierras de los amacos astures. Se llama erwinia amylovora , también conocida popularmente como fuego bacteriano. Se trata de una bacteria homicida que afecta mortalmente a la mayoría de los árboles frutales de la zona: manzanos, perales, cerezos, membrillos, nísperos¿, y a las plantas ornamentales de la familia de las rosáceas. Consta perfectamente acreditado que est a enfermedad fue detectada hace aproximadamente cuatro años por los comarcanos, quienes mediante sus alcaldes, pedaneos, propietarios y particulares lo comunicaron una y otra vez a los responsables del área en la Junta de Castilla y León.

Igualmente está acreditado que, a pesar del tiempo transcurrido desde que se descubrió el foco de la bacteria, y de los reiterados intentos de los vecinos porque la Junta llevara a cabo una labor preventiva para frenar y, en su caso, erradicar prematuramente la plaga, jamás se intervino hasta que, hace unos pocos meses, la Junta de Castilla y León comenzó a talar indiscriminadamente los árboles e incinerarlos en una fosa común habilitada en el municipio de Quintana del Castillo. Al día de hoy, cerca de 15.000 frutales han sido cortados y quemados. Este estado de cosas se agrava, aún más si cabe, habida cuenta de la falta de rigor a la hora de señalar los ejemplares que, a juicio del personal de la Junta, están afectados por la Erwinia amylovora . Es notorio para cualquier especialista en la materia, e incluso para un neófito advenedizo, que los responsables de esta gestión aplican un juicio aleatorio e improvisador, marcando árboles sanos más allá del perímetro de seguridad y dejando in situ multitud de ellos contaminados, como se puede verificar sobre el terreno y con un notario dando fe.

Sin embargo, lo más grave de este paisaje desolador consiste, paradójicamente, en que las operaciones tardías de la Junta de Castilla y León están infectando de nuevo las zonas de la comarca que no pudieran encontrarse aún envenenadas. A pesar de las quejas de algún ayuntamiento y del Icecu, las brigadas continúan transportando al aire libre los ejemplares afectados y, por tanto, sembrando indiscriminadamente la agresiva enfermedad al paso de los camiones por los pueblos, en dirección a la fosa común. El dictamen emitido a instancia del Instituto Cepedano de Cultura por el especialista independiente en la materia, doctor Manuel Durruti Cubría y otros científicos de la universidad, deja incontestablemente ratificada la imputación.

Es evidente, pues, que no se respetan, a sabiendas, los protocolos establecidos por la administración para este tipo de labores de altísimo riego. Resulta fácilmente constatable como en otros lugares del país donde padecieron esta lacra (La Rioja o Navarra) las medidas de profilaxis han sido extremas, de acuerdo a las disposiciones en vigor para toda España.

El impacto medioambiental y económico que supone el fatídico fuego bacteriano y su deplorable gestión por parte de la Junta de Castilla y León es, sin duda, de dimensiones catastróficas, teniendo en cuenta, además, la cuarentena decretada para no volver a plantar estos árboles por un periodo de varios años. Con la desaparición de la masa arbórea, los municipios de la mancomunidad cepedana se han convertido en desérticos parajes para los fruticultores y para las plantas ornamentales rosáceas. Si algo así hubiera ocurrido en la cercana y querida comarca del Bierzo, ya habrían rodado cabezas.

Ante este calamitoso escenario, un grupo de cepedanos venimos clamantis vox in deserto para exigir responsabilidades políticas y legales. La dejación de funciones, la inoperancia durante años y la gestión negligente de la Junta ha propiciado esta devastación arborescente. Ya se encuentran en marcha iniciativas parlamentarias en las Cortes de Fuensaldaña, en el Ministerio de Agricultura y en los tribunales de justicia. Esta tragedia no puede quedar indemne.

Sin embargo, el daño irreparable y punzante está hecho. Como dijo el poeta, los grandes dolores no siempre son lacrimosos; cuando se está aniquilado, no se llora: se sangra. En efecto, así es. Por eso no seré yo quien con mi silencio cómplice favorezca la impunidad sangrante de las acciones reprobables de la administración, el derrotismo secular de mis paisanos y el rip a la tierra que nos vio nacer. Una tierra donde habitan mis raíces y mis afectos y donde se mecieron las cunas esperanzadoras. ¿Acaso en vano?

 

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